ENFOQUES AGRARIOS
Agosto 8th, 2009
Por Marcelo Ramón Lascano
Poco antes, durante y sobre todo después de los debates, recriminaciones y un sinfín de intervenciones de diferente laya, el tema agrario o agropecuario, si se prefiere, ha dominado la escena intelectual en la Argentina.
Si no fuera por las irrelevancias y extemporaneidades de muchos enfoques, no valdría la pena volver sobre una cuestión que debería estar virtualmente definida o, en todo caso, circunscripta, al menos por ahora, al tema derechos de exportación o retenciones para concentrarnos en otras cosas tanto o más importantes en las coyunturas interna e internacional actuales.
No es que subestime el debate, sobre todo en el plano académico y aún periodístico, pero resulta que privilegiarlo en un escenario tan dinámico y cargado de tantas cuestiones pendientes y urgentes, parece un contrasentido, sobre todo si se aprovecha el conflicto para exhumar el pasado y centrar las frustraciones argentinas en el desempeño de la oligarquía, básicamente rural y sus adyacencias comerciales y financieras, como si las oportunidades perdidas durante las últimas décadas fueran ajenas a las gestiones partidarias y militares, del sindicalismo, de un proceso industrial que apenas encontró adecuadas respuestas en pocos casos y de manejos financieros enraizados en la decadencia argentina.
El finado Díaz Alejandro nos dejó un legado que frecuentemente se olvida. Recomendó no confundir economía con contabilidad. La primera se ocupa dinámicamente del quehacer personal, empresario y social relacionado con la vida y con la asignación de recursos escasos de uso alternativo (Robbins).
La segunda es una disciplina de registro, la fotografía que no llega a ser una película. Registra momentos sin emitir juicios. La interpretación correcta de los contenidos estadísticos requiere preparación técnica auxiliada por el conocimiento científico. La historia, por su parte, ofrece el escenario que sustenta una explicación aceptable según las circunstancias que los números solos no siempre pueden describir, máxime en series largas de tiempo (correlaciones, regresiones, etc.).
Por todo ello Shumpeter enseñó que no se podía hablar de economía sin teoría, historia y estadística.
El conflicto entre el agro y el gobierno, que debería denominarse entre la agro industria y el poder, porque el gobierno no está solo en el enfrentamiento, reaviva viejos recelos y acusaciones cuya peor consecuencia es profundizar las diferencias en la sociedad y la discordia que es la peor enemiga del orden social.
Lo más dramático desde el punto de vista de la indispensable unidad nacional, es que apelándose a argumentos decimonónicos, desactualizados, se incentiva el odio y la beligerancia interna en momentos de reacomodamientos en el mundo y de redistribución del poder mundial donde lamentablemente estamos ausentes. Sólo un autismo diversificado puede explicarlo.
El agro reniega de los derechos de exportación porque los considera una carga arbitraria y en algunos momentos ilegítima porque no contemplan costos y rentabilidades según rindes y distancias hacia los puntos de concentración.
Esto fue así y se corrigió. Los representantes del sector niegan inclusive la legitimidad de las retenciones y frente a precios declinantes se agravian, denunciando que otros como acopiadores, exportadores, etc. no experimentan los mismos quebrantos, con independencia de que su solvencia financiera los exime de las penurias que afligen a los productores.
Más allá de la legalidad de los derechos, parece razonable que como en el caso de la soja, la contribución pueda justificarse también en el trigo y en el maíz si los precios se recuperaran. Lo que hay que subrayar es que si el Impuesto a las Ganancias cumpliera su cometido, las retenciones no tendrían razón de ser. Otro tema pendiente que los parlanchines de ambas margenes omiten a pesar de su trascendencia fiscal.
Si habláramos de agro industria los enfoques serían diferentes. Alberto Fernández sostuvo que “El campo es parte importante de la economía, pero no es el motor único o primordial…”
Se equivoca, me parece que es primordial sobre todo si se lo asocia con sus eslabonamientos hacia delante y hacia atrás. Unos pocos números lo confirmarían. Obsérvense algunos indicadores conjuntos porque agro e industria parecen vivir en simbiosis, es decir donde un sector no funciona sin el otro, al menos para alcanzar resultados que sorprenden en todos lados menos entre nosotros.
La cadena agro industrial configura un entramado que reúne 41 actividades productivas, genera casi el 19% del PBI y el 36% del empleo total incluidos eslabonamientos en ambas direcciones.
Considerando interdependencias, aporta al Tesoro ingresos fiscales equivalentes al 12% del PBI ó 40% de la recaudación total.
En el sector externo, su desempeño ha sido
altamente auspicioso. La cadena agro industrial representa el 56% de las exportaciones globales del país y desde el punto de vista de su valor agregado exporta el 33% de su producción. La contribución neta al balance cambiario alcanza a 20.000 millones de dólares.
Si se compara con la industria donde el déficit asciende a 26.000 millones, las diferencias son objetivamente destacables.
Dejando de la lado la verdadera revolución tecnológica que registró el sector primario que, huelga decir, asombró al mundo, la misma como resultado desparramó sus efectos al mismo sector industrial, cuyo dinamismo es inseparable no sólo de la siembra directa y de la agricultura de precisión, sino también de monitores de rendimiento, almacenajes móviles, de tolvas auto descargables, nuevas tecnologías de productos y de procesos, sin olvidar mejoramientos en semillas, manejo de la humedad de los suelos y rotaciones de cultivos con propósitos conservacionistas.
Toda esta actividad se tradujo en significativos aumentos de la población rural, demanda de empleos calificados, modernización urbana y una adecuada distribución geográfica de la actividad regional con fuertes polos industriales especializados como Santa Fe 47%, Córdoba 28% y Buenos Aires 18% según valor agregado en origen (Bragachini).
La fábricas de maquinaria agrícola generan 40.000 puestos de trabajo directos y un centenar de ellas exportan a más de veinte países una considerable cantidad implementos cuya importancia económica y social no debería ignorarse.
Los terratenientes ya parecen categorías históricas, al menos en la versión demonizada. Según la Superintendencia de Seguros de la Nación el 74% de las explotaciones agrícolas tiene menos de 100 hectáreas, hecho que bien puede contribuir a explicar la difusión de los pools de siembra, habida cuenta que las unidades pequeñas no tendrían porvenir sin explotar adecuadas escalas de producción, al margen de eventuales rentistas.
Esta es la realidad.
Ahora bien, de ella no se debería despenderse que los merecimientos de la agro-industria deban disfrazarse de abusos o de frutos de super rentas no ganadas, como se dice en materia fiscal, porque ello sería faltar a la verdad. El sector sin ruido ni ostentación ha ganado reputación internacional.
En poco tiempo llegó a casi 100 millones de toneladas, básicamente de granos y podría ir por más si un adecuado entendimiento con el mundo oficial y con las usinas ideológicas equilibraran las posiciones. Confiscar la renta que se considere “excedente”, tema que no es sencillo ni novedoso, podría resultar contraproducente y abortaría las posibilidades de ampliar la curva de posibilidades de producción donde se ha demostrado que el Fisco y el Banco Central han sido accionistas privilegiados.
Lo extraño es que el mismo encono no se extienda a sectores que desde siempre sobreviven de subsidios no siempre transparentes que se restan a otros fines quizá más importantes.
Nota publicada en BAE

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