LA CRISIS INTERNACIONAL
Julio 21st, 2009
Por Ricardo López Murphy
Exclusivo para Perspectivas Politicas.Info
Los Hechos
Después de muchas décadas, prácticamente siete, desde la segunda guerra mundial vivimos una crisis de magnitud extraordinaria, en términos de duración, alcance internacional y profundidad.
Concurre a ella, como razón de causalidad, el exceso de optimismo sobre el potencial de crecimiento. Sin duda ello fue afectado por el desempeño estelar del período 2002-2007, y la exitosa integración económica mundial.
Ello permitió una vinculación nunca vista en comercio de bienes, servicios, inversión extranjera directa y transmisión de conocimientos, con el subsecuente salto de productividad y nivel de vida a él asociados.
Nunca se creció tanto, y para hacer más atractivo el resultado, los países pobres lideraron tal desempeño.
En los 30 años previos al 2008 el PBI se multiplicó a escala global por 5.5 veces y el comercio por 10 veces. La apertura a nuevas formas organizativas, la conversión al capitalismo abierto y la integración al mundo de China, y en términos bien generales del Este y Sur Asiático y del Este de Europa, creó una expectativa desmesurada sobre el crecimiento esperado, que en general, fue compartida por el consenso profesional y poco cuestionada en su sostenibilidad.
En especial el efecto expansivo automático que de tal situación se derivaba, por el creciente peso, en la ponderación, de los que más se desarrollaban.
Convergieron a este círculo virtuoso esperado, también, los descubrimientos tecnológicos aplicables a la producción, desde telecomunicaciones a informática hasta biogenética. El mundo se hacía plano y vecinal, colapsaban las distancias y había que invertir en ese proceso y en la reasignación de recursos que implicaba.
La combinación de un mundo crecientemente integrado, con procedimientos nuevos y rendimientos no decrecientes, por las características de redes de las nuevas tecnologías, actuaban como telón de fondo.
Más aún, importantes teóricos económicos argüían que había economías de escala en el crecimiento económico y en los descubrimientos, y que el proceso dinámicamente se aceleraba.
Incluso se llegó a esgrimir que el proceso de crecimiento se agudizaba por la tendencia en aumento de la propensión al ahorro, de los nuevos participantes en la economía global. Dicho en otros términos, los ahorros no sólo crecían más rápido, sino que los que más crecían ahorraban más y cada vez más, producto de su propio crecimiento, y a su vez pesaban más en su ponderación, en el contexto internacional.
Ello financiaba la inversión y el consumo de los deudores a tasas de interés muy bajas, y se facilitaba la mayor relación capital-trabajo, de un mundo tecnológicamente más moderno.
Esto a su vez, se veía potenciado por el aprendizaje de reglas de política económica y marcos institucionales, en países emergentes en el sentido de hacer ahorros en las circunstancias de abundancia relativa, cuando las experiencias del pasado, habían gastado sus ingresos excepcionales, del auge de los precios básicos de sus exportaciones y aún peor, se habían endeudado.
Ese contexto tan favorable creó las condiciones sociológicas, psicológicas y financieras de la crisis. El exceso de optimismo no era arbitrario, tenía fundamentos, y si bien su magnitud y dinámica era opinable, no lo era su dirección y efecto final.
Por otro lado, ese exceso de expectativas se canalizaban básicamente en inversiones y flujos de capital hacia USA y a países de muy rápido crecimiento en Europa Oriental.
La expectativa implícita era, que esos recursos, procesados en mercados de capitales maduros, podían dispersar el riesgo y evitar los fenómenos de contagio, sobre todo si se trataba de ajustes reales y se evitaban los trastornos gigantescos, de una crisis generalizada.
En gran medida ahí estuvo y está el principal problema.
El entusiasmo y la confianza en el crecimiento estable, de baja volatibilidad surgido de las series estadísticas, que a su vez, como explicaban los analistas de este proceso, se acentuaba con el paso del tiempo y con el mayor ingreso per cápita.
Los registros truncados desde la segunda guerra, evitando la información de la gran depresión como una anomalía, llevaban a confiar y a confirmar en que el fenómeno de deterioro de los valores de los activos y de los flujos de ingresos, no iban a ocurrir simultáneamente y en una dimensión desestabilizante, tal como fuera el caso de la gran depresión de los treinta. Exceptuada la ocurrencia de la depresión, ese análisis tenía robustez.
En el fondo del razonamiento estaba la idea que esas enormes valorizaciones expresaban esa mayor potencialidad de crecimiento y esa bajísima tasa de descuento, que se suponían perdurables, en ambos atributos.
Si había una corrección, al igual que en las series de los últimos 65 años, iba a ser suave y los amortiguadores del sistema económico, de modo automático la compensarían, por lo que los desvíos que ocurrirían, no pondrían en riesgo como en un terremoto la estructura global, y los seguros cruzados existentes.
El problema que consumía la reflexión y el debate era el riesgo de inflación y no una violenta deflación internacional. El exceso de crecimiento y demanda, no una retracción generalizada.
Más aún, se pensaba en el consenso profesional que si ello no alcanzaba, si los distintos mecanismos automáticos fallaban había un margen para una reacción coordinada de las autoridades económicas del mundo, que aplicando políticas compensatorias, en lo monetario y fiscal, podían revertir el problema.
En los hechos, las tasas reales de interés habían sido extraordinariamente bajas y los riesgos a ellas asociados, dado potenciales errores, serían menores.
Quizá el indicador más llamativo de este estado de opinión pública informada, fue la idea de reducir sustancialmente el staff del FMI, porque no eran esperables crisis como las ocurridas en las décadas previas.
No había espacio en ese marco de ideas para la ayuda oficial, implícita en el orden de impronta keynesiana de Bretton Woods, ni necesidad de mecanismos de prevención, porque ella no iba a ser necesaria. Tan favorable lucía el mundo, en los años de expansión.
Los Problemas
Tres problemas importantes de funcionamiento se omitían y no fueron puntualizados por nadie hasta donde llega mi conocimiento, y ellos han estado en el corazón de la crisis.
1. En primer término, la idea subyacente en los mercados financieros que las instituciones muy grandes no pueden quebrar. Si ese concepto se acepta, y hay razones, sobre todos después de la caída de Lehman Brothers para defenderlo, la regulación sobre administración de riesgo, relación capital-préstamos y efectos derivados, requiere un nivel regulatorio diferente al aplicado y sobre el cual reposaba la estructura institucional financiera. No sólo en las dimensiones formativas y legales, sino en su aplicación práctica.
2. En segundo término el fracaso del desempeño y funcionamiento estatal, en la calidad regulatoria fue excepcional, en particular en términos de las estafas, shadow banking y permisividad en la concatenación de riesgos, en las compañías de seguros. No son asegurables fenómenos sistémicos.
3. En tercer término, los problemas de regulación de grandes corporaciones y el monitoreo por sus directorios y accionistas dejó a la vista un muy mal monitoreo, y un bajo desempeño de estos cuerpos.
La clave de la crisis es que estuvo en las principales instituciones del sistema que absorbieron y se quedaron con los malos créditos.
Volviendo a la evolución de la crisis, desgraciadamente este escenario tan favorable, con mucho de panglossiano, no se verificaría y sufriríamos, en magnitudes extraordinarias las crisis y los ciclos de violentas contracciones a escala global, en gran medida, porque los problemas potenciales se había subestimado.
En primer término se podría señalar una incorrecta percepción de la magnitud y sostenibilidad del ciclo favorable.
Las expectativas de mejora y su impacto sobre el valor de los activos habían llegado, ahora lo sabemos, a niveles muy por encima de lo sostenible y habían servido en un ciclo largo, para ampliar el nivel de deuda pública y privada a niveles muy peligrosos. Este sobreendeudamiento dificultaría la propia estabilidad de los agentes económicos.
En segundo término, ahora lo sabemos, la recurrencia del crecimiento y la baja volatibilidad de 65 años, y la tendencia estabilizante, no aseguraban la ausencia de un evento catastrófico como en las cuestiones hídricas, esto es una crecida milenaria.
La extraordinaria base de endeudamiento, administrada por un sistema que se hallaba favorecido impositivamente por un tratamiento sesgado en cuanto a la existencia de una relación baja de patrimonio en activos, se volvería explosivo bajo un proceso que generaría castigos y pérdidas significativas.
En tercer lugar, las bases estadísticas y actuariales y los stress test llevados a cabo utilizaban ese período de referencia truncado y no contemplaban, porque no había sucedido antes, un fenómeno de covarianza muy extendido del precio de los activos.
Ese efecto contagio, de descubrimiento de debilidades sistémicas, iba ser muy decisivo y de una dimensión excepcional en términos históricos. Algo muy parecido había ocurrido con la crisis de Asia, en los países emergentes en la década del 90.
En cuarto lugar, el fracaso del Estado fue muy significativo. Los vicios, la falta de información y reporte de actividades no explicitadas, los fraudes, los riesgos actuariales no incorporados a la base del capital, la no apreciación de riesgos contingentes, el inadecuado previsionamiento, la incorrecta subestimación del riesgo moral.
La sobre exposición crediticia creaban un riesgo sistémico ponderable, que como se señaló no era asegurable y no debía incurrirse.
Porque esto no fue percibido, tanto por las autoridades regulatorias, los analistas, como por los directivos de las entidades que fueran llevadas a la quiebra, será uno de los misterios a develar de la crisis.
Seguramente en gran medida la investigación académica abordará las próximas décadas esta temática. Las pérdidas han sido inmensas, para no ameritar un estudio severo y exigente, de las fallas para hacer cumplir la regulación vigente.
En quinto lugar, la reacción lenta de las autoridades monetarias a escala global. El signo deflacionario de la caída de los valores de los activos y de su impacto sobre consumo e inversión son obvios.
Sin embargo, durante casi un año se demoró la acción coordinada y efectiva frente a la deflación.
Se actuó en un contexto de derrumbe cuando las devaluaciones competitivas hacían visibles el sesgo recesivo de la política agregada.
El país con el mayor desequilibrio en cuenta corriente corregía el mismo, revaluando su moneda.
No es posible pensar por su tamaño relativo una política más recesiva.
El trabajo de corrección que no hacía el tipo de cambio lo debía hacer el receso o la deflación, que en todo caso, en un contexto de gran endeudamiento, agudizaba el receso.
En este proceso estamos y aún no se detiene. Ello fuerza a una continua caída del precio de las propiedades y de los otros activos.
Ello demanda más recursos de capitalización y mayor insolvencia ante la nominalidad de la deuda. Este cuadro vicioso sólo se corta cuando se reconoce su carácter explosivo y la necesidad de detenerlo.
El costo en deuda pública, desempleo y desesperación y estupor de los agentes económicos es muy grande para no revertirlo. Ello requiere una acción coordinada global y la estabilización del nivel general de precios.
La deflación forzada estuvo detrás de la crisis de los 30. Ello es más agudo hoy por la forma en que se financian las instituciones crediticias.
El Futuro
La velocidad de la recuperación depende de la percepción de este estado de cosas y de la voluntad de reformar una arquitectura financiera con tantos puntos frágiles.
El temor a un desborde inflacionario puede llevar a acciones muy tímidas en esta línea, que dan lugar a una caída de shock de la actividad económica, como si el financiamiento se detuviera de golpe.
En general, por formación los economistas trabajamos en el equilibrio marshalliano y estos movimientos tectónicos, no se prestan a nuestro paradigma tradicional, ello explica también la lentitud de las acciones estatales.
Ojala se entienda la magnitud de la crisis y las políticas necesarias para revertirla.
© www.perspectivaspoliticas.info

Entry Filed under: Los Columnistas Invitados, Ricardo López Murphy








Leave a Comment
Some HTML allowed:
<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>
Trackback this post | Subscribe to the comments via RSS Feed