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CÓMO GOBERNAR CON MINORÍA

Junio 28th, 2009

Por James Neilson

Mal que nos pese, la Argentina sigue siendo un país irremediablemente presidencialista, es decir caudillista, en que casi todo depende de la evolución del prestigio del ocupante de la Casa Rosada o, en el caso particular de Cristina, de quien es su marido y sostén principal.

Si por algún motivo se diluye la autoridad del líder máximo, el sistema político en su conjunto comienza a crujir y, una vez más, el país tiene que prepararse para enfrentar una crisis política que persistirá hasta que surja un nuevo caudillo capaz de restaurar la ilusión de orden.

Es lo que está sucediendo ahora: al adelantar las elecciones legislativas y transformarlas en un plebiscito sobre ellos mismos, los Kirchner firmaron el acta de defunción de lo que llaman su “proyecto”, o sea, de su propio poder.

Pues bien: el tan temido “Día después” está por llegar.

A partir de la tarde del domingo 28, nada será igual ni para ellos ni para el país.Por un rato, las vicisitudes de la campaña electoral acapararon la atención de la minoría que se interesa por los asuntos políticos, pero quienes la conforman ya entienden que a menos que no tengan nada que ver con lo previsto por los encuestadores, los resultados importarán poco.

Cuando tratan de ver más allá de las urnas, lo único que encuentran es un horizonte cubierto de nubarrones.

¿Qué hay detrás? Nadie sabe a ciencia cierta, pero se habla del regreso de la liga de gobernadores que procuró apuntalar los gobiernos-puente que se improvisaron luego del fracaso de la Alianza, y del eventual fortalecimiento de la vertiente conservadora del peronismo encabezado por Carlos Reutemann o, en el caso de que al santafesino se le agote el combustible, el peronista honorario Mauricio Macri.

También los hay que están pensando en los hipotéticos méritos de Eduardo Duhalde como piloto de tormentas.

En cambio, con la presunta excepción de Francisco de Narváez mismo, ningún político significante lo ve liderando el peronismo deskirchnerizado: aun cuando consiga aventajar a Néstor Kirchner, lo haría merced a los votos prestados involuntariamente por quienes en otras circunstancias apoyarían a los candidatos del Acuerdo Cívico y Social.

El hiperpresidencialismo es así. Por algunos años, sobre todo si el mundo se comporta como es debido, parece funcionar bien y se difunde la sensación de que por fin la Argentina está dirigiéndose hacia un destino digno de las esperanzas de quienes lo habitan, pero entonces el carisma o lo que sea que se atribuye al jefe lo abandona y, por enésima vez, la clase política se pone a barajar y dar de nuevo, tarea esta que puede mantener ocupados varios años a sus integrantes.

Aunque muchos son plenamente conscientes de las deficiencias del esquema primitivo que rige en el país, todos los esfuerzos por reducir la brecha que separa el orden teórico provisto por la Constitución del que efectivamente existe han resultado vanos.

Es lógico: a ningún caudillo pasajeramente popular se le ocurriría dejarse privar del poder discrecional que tanto le gusta, pero cuando se da cuenta de que a él también le convendrían instituciones más robustas ya es demasiado tarde para que ayude a fortalecerlas. Puesto que el jefe siempre retiene el poder suficiente como para frustrar a los deseosos de quitarle facultades, las reformas institucionales que se plantean nunca prosperan.

Aun cuando sus artífices logren insertarlas en la Constitución, el presidente “fuerte” siguiente se las arreglará para desvirtuarlas.La Argentina, pues, está por ingresar en una etapa que podría resultar ser sumamente tumultuosa.

Incluso si Néstor Kirchner gana por un margen escandaloso, su duelo personal con Francisco de Narváez -y para muchos las elecciones legislativas se han reducido a un mano a mano entre los dos multimillonarios peronistas-, el matrimonio quedará sin la mayoría automática en Diputados y el quórum propio en el Senado que le ha permitido manejar el país como si formara parte de su propio patrimonio, repartiendo premios y castigos según criterios netamente personales.

Si bien los legisladores actuales conservarán sus escaños hasta diciembre, por lo menos algunos oficialistas migrarán a otras bancadas, ya que no tendrán por qué continuar proclamándose leales a un jefe cuya estrella está apagándose con rapidez.Si la Argentina fuera una democracia “normal”, perder el control del Congreso sería un trance difícil para el Gobierno, pero sabría que así y todo le sería necesario adaptarse a la nueva situación.

Al fin y al cabo, en el país que le sirve de modelo político, Estados Unidos, es virtualmente rutinario que el presidente sea de un partido y la mayoría legislativa de otro: tanto Bill Clinton como George W. Bush tuvieron que dormir con el enemigo durante largos años; es factible que tarde o temprano, Barack Obama se vea constreñido a resignarse a la misma experiencia frustrante.En este ámbito como en muchos otros, la Argentina es diferente. También, por su formación en una provincia tan caudillista como las del noroeste y por sus cualidades personales, lo son los Kirchner.

Autoritarios congénitos, no les hará ninguna gracia tener que negociar incesantemente con peronistas disidentes, macristas, radicales, progres o izquierdistas para poder gobernar con un mínimo de eficacia.

No están acostumbrados a hacerlo y hasta ahora no han manifestado señales de estar interesados en aprender, de suerte que es posible que ni siquiera lo intenten: la idea de una renuncia exasperada por parte de los dos sigue sobrevolando sobre el escenario político nacional.

Pero no sólo se trata de la hipotética negativa de la pareja presidencial a dialogar más o menos amablemente con quienes no comparten sus prejuicios y que de todos modos se resistirían a obedecerles sin chistar.

¿Estarán dispuestas las distintas facciones opositoras a colaborar “constructivamente” con un Poder Ejecutivo que a juicio de sus muchos críticos es corrupto, mendaz y responsable de haber dejado pasar una oportunidad acaso irrepetible para ubicar el país en un camino que lo llevaría por fin al desarrollo sustentable?

Es poco probable. Por lo demás, habrá una plétora de presuntos presidenciables que estarán más interesados en aprovechar los problemas del país para anotarse puntos que en contribuir a atenuarlos.

Los obsesionados por las luchas internas que mantienen efervescentes todas las facciones intercambiaron golpes mientras duró la campaña electoral, de esta manera suministrando un poco de oxígeno a los Kirchner.

Seguirán haciéndolo en los días confusos que se avecinan.Puede entenderse, pues, la ola de pesimismo que se ha levantado en vísperas de estas elecciones legislativas. Por algunos meses, la campaña, la que por deprimente que fuera tenía cierto atractivo deportivo, sirvió para distraer la atención de muchos del hecho de que el naufragio del kirchnerismo significaría el inicio de una fase que amenaza con ser tan complicada como las que siguieron al hundimiento del alfonsinismo y, una década más tarde, a aquel del menemismo.

No dijo nada nuevo el titular de la Unión Industrial Argentina, Héctor Méndez, al señalar que la Argentina está en medio de “una crisis política, más que económica”.

La verdad es que lo está desde hace más de ochenta años debido a la incapacidad colectiva para salir del nefasto laberinto caudillista en que, seducida por el voluntarismo, la clase política se internó en busca de atajos y de “soluciones” fáciles.

Los más beneficiados por la incertidumbre que con tanta frecuencia se abate sobre el país suelen ser los peronistas, los dueños exclusivos de “la gobernabilidad”, aunque sólo fuera por la capacidad reconocida de los muchachos para socavarla.

Ya antes de que la campaña electoral entrara en la recta final, los barones del conurbano y sus operadores barriales empezaron a adaptarse a las exigencias nada claras de la etapa postkirchnerista.

Por lo pronto, los escenarios que manejan son dos: que Cristina entienda que es de su interés aferrarse a las instituciones que supuestamente rigen y acepte cohabitar con un Congreso mucho menos dócil que el actual, lo que podría acarrear el alejamiento del marido que tanto ha hecho para arruinar su gestión; o que la Presidenta decida que no valdría la pena intentar colaborar con una manga de políticos que no están a su altura y, acompañada por Néstor, regrese a su reducto en El Calafate.

De los dos, el primer escenario parece más probable. Por razones que podrían calificarse de jurídicas, a los Kirchner les sería riesgoso perder los fueros que les supone un papel político formal.

También sabrán los santacruceños devenidos en bonaerenses circunstanciales que buena parte del país reaccionaría con furia frente a lo que tomaría por un intento alevoso de sembrar el caos.

De todos modos, las semanas y los meses que vienen no serán nada gratos para una pareja acostumbrada a ejercer una hegemonía de ribetes casi feudales.

Aunque Cristina continúe siendo presidenta hasta diciembre de 2011, ya es evidente que a los Kirchner les aguarde un destino similar a aquel de Carlos Menem en que incluso quienes los adularon con más unción cuando disfrutaban de popularidad les den la espalda, mientras que brigadas de abogados hagan cuanto puedan para asegurarles un futuro entre rejas.

(Publicado en la Revista Noticias)

Caida libre

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Entry Filed under: James Neilson, Los Columnistas Invitados

1 Comment

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  • 1. miguel polanski  |  Julio 3rd, 2009 at 10:26

    extraordinaria síntesis descriptiva sobre lo que sucede con una sociedad cuya clase dirigente todavía no ha madurado y que le cuesta asumir las responsabilidades que en la vida civilizada le corresponden a cualquier adulto. Esta línea divisoria parece ser la verdadera frontera entre democracia republicana y feudalismo en cualquiera de sus variantes modernas : dictadura, demagogia o populismo ilustrado, -donde en casos- hasta también se vota.


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