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Archive for Octubre, 2009

SE TRATA DE “DEMOCRATIZAR” LA CORRUPCIÓN

Lunes, Octubre 19th, 2009

Por Gabriela Pousa

“Nadie piensa, donde todos lucran; nadie sueña, donde todos tragan.” José Ingenieros

Son muy pocos los temas y mucha la sustancia aunque parezca a la inversa. La Argentina ha llegado a límites impensados en cuanto al grado de corrupción y anomia. De alguna manera, es menester entender que las prácticas “defectuosas” conllevan inexpugnablemente al rompimiento de reglas, aún cuando éstas nunca estuvieran demasiado claras ni fueran homogéneas para la sociedad y la dirigencia.

Muchos argumentaran que la corrupción no es patrimonio de los Kirchner, y que no hay país en el mundo que esté libre de ese mal. Ambas premisas son ciertas, sin embargo, el problema radica en las proporciones, y más aún en el “modus operandi”, es decir en los medios utilizados para acceder a los fines buscados. 

No se trata meramente de los mentados “retornos” que caracterizan desde tiempos inmemoriales a los planes de obras públicas, ni de los incrementos en el patrimonio de los gobernantes, a no ser, claro, que estos alcancen un porcentaje nunca antes alcanzados.

Hoy por hoy, el concepto de “corrupción” ha socavado todo valor, y en consecuencia lo que se ha puesto en juego es lo más sagrado: la vida. No caben eufemismos cuando hay un entramado de mafias enquistadas en el seno de la salud pública, o cuando los crímenes mafiosos acontecen sin generar siquiera demasiado asombro.

Nada soluciona algún dato aislado propagado por los medios de comunicación cada tanto. Con el tiempo, el olvido gana y recordar se torna anecdótico.

En ese trance, es dable reconocer que la Argentina ha llegado a un punto cúlmine de no retorno. Es decir, ese 80% de la sociedad que desaprueba la gestión de los Kirchner, aún cuando sea en exceso volátil en sus principios y valores, no volverán a emitir un voto favorable al matrimonio presidencial. Ahora bien, ni siquiera ese dato de la realidad o de la esperanza quizás, parece afectar en demasía el corto y mediano plazo de un país a la deriva. Y los Kirchner reinan para ese cortoplacismo, viven el día a día, improvisan sin estrategia, y eso explica de la alguna manera porque cada mañana, los titulares mediáticos ofrecen – en apariencia-, tantas “sorpresas”.

A tal punto se ha llegado que la pluralidad de casos de corrupción que se esparcen a diestra y siniestra le son funcionales al gobierno. En lugar de menguarlo, lo dejan más liberado. Son tantas las causas que resulta más fácil evitar así que haya un registro cabal de la magnitud de los temas.

Una mente medianamente lógica puede abarcar un número limitado de datos. Es muy dificil, si no imposible, hallar quién tenga un registro completo de los dislates que ha cometido el gobierno y más aún de los casos de corrupción en los que se halla envuelto.

Sin ir más lejos, el caso Skanska, el caso Grecco ya parecen sepultados en el tiempo. Y frente al tamaño de la desidia y del desparpajo actual, menos todavía hay margen para recordar, por ejemplo, las estafas del ex jefe del Ejército, Roberto Bendini capaz de comprar regalos de casamiento para sus amistades con fondos que deberían haber estado destinados a soldados que visten uniforme por creer que la Patria requiere hombres de honor, capacitados para defenderla en el momento que lo requiera.

La “salida” del gobierno o del cargo no es la condena que debería pagarse por el desfalco o el robo, sin eufemismo hablando. 

Pero no todo pasa por montos de dinero acaparados inexcrupulosamente. Hay una corrupción mucho más atroz y es la que permite, sin entrar en detalles que a esta altura son de conocimiento público, que haya desnutrición en un país que fue llamado “granero del mundo”. Un granero desgranado por administraciones ineptas y ahora además por un resentimiento inexplicable y una soberbia que roza los síntomas de la demencia. El abandono de personas excede ya el marco de la definción legal que se hace de ella.

Pero frente a estos hechos, quizás haya algo más preocupante todavía: la pasividad del pueblo. La reacción brilla por su ausencia, el ceño fruncido de cualquier traseúnte es el único signo de vitalidad y sangre en las venas que parece tener hoy, el ciudadano argentino. Y no se trata de pretender revoluciones o cacerolazos mancomunados. Se trata de reaccionar y no dormirse en la creencia de que el voto es la única herramienta.

Una lectura a un libro cuya simpleza es indiscutible, a pesar de querer dársele interpretaciones antojadizas y oportunistas, sería el primer paso que todo habitante de este suelo debería proponerse como tarea mínima. De ese modo se verá que ahí, en esas pocas páginas, están todas las respuestas.

No se requiere de nuevas normas, ni de indagar en modernas herramientas, etc., etc. Se necesita implementar a pie juntillas cada artículo de la Constitución Nacional, y el que así no lo hiciera que reciba justa pena.

La vapuleada “oposición” que no es más que un conglomerado indefinido de quejas y ambiciones propias que escapan al interés de la gente, y mucho más todavía a sus problemas.

No arreglan nada prometiendo cambios a una ley de Medios o diciendo que debatirán con más firmeza en un recinto cuando llegue la mágica fecha del 10 de diciembre donde, en rigor, sólo habrá un acto simbólico de asunción, y lo que sigue es harto conocido: receso. Saben que esa promesa es casi vana porque se topa, guste o no, con el poder de veto del Ejecutivo.

De allí que más productivo sería que aunaran esfuerzos en pro de pensar un modelo de país donde asegurar acuerdos básicos con lineamientos indispensables para ejecutarlo más allá de quién sea el candidato. Negociar que en política es básico. Lo hizo Lula Da Silva para conseguir lo que hoy está a la vista en Brasil.

Mientras esto no sucede en la Argentina, y los integrantes de las fuerzas que fueran votadas el pasado 28 de junio sucumben a intereses personales, o son “cooptados” a precios viles con un desparpajo que no termina de ser masivamente condenado, el resultado será una sociedad cada vez más alejada de lo político por asfixia, desidia y hastío.

Consecuentemente, el gobierno de turno seguirá deshaciendo a sus anchas pues es menester entender y aceptar que éste sólo hace aquello que la gente le permite que haga.

En la medida que Maradona se posicione como tema de polémica, y el hambre se acalle y se ausente de aquellas, no habrá forma de transformar la anestesia que caracteriza a la ciudadanía. Pretender un cambio en una dirigencia que ha dado pruebas fechacientes de ignominia y ambición hegemónica no resiste ninguna lógica.

Sin duda, mucho del desconcierto que prima en la sociedad actual radica en que por primera vez el mecanismo de freno no fue efectivo, es decir, el hecho de que el voto ciudadano adverso al oficialismo no haya sido atendido por éstos, ha sumado a una malsana resignación.

El 2011 parece demasiado lejano en tiempo y espacio cuando la capacidad de daño está intacta, y las vícitimas se van sumando, día tras día, sin ningún atisbo de cambio en ese peculiar “corto plazo” que resta.

Y más aún se agrava la situación cuando se percibe que nadie está exento de ser la presa que sigue en la nómina de un matrimonio decidido, en definitiva,  a “democratizar” la corrupción.

  

Nota publicada en www.economiaparatodos.com.ar      

corrupcion

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ACERCA DE LA PARALISIS DE LA SOCIEDAD ARGENTINA FRENTE A TANTO ATROPELLO

Martes, Octubre 6th, 2009

Por Gabriela Pousa


Exclusivo para Perspectivas Políticas.Info

Quienes tuvimos la suerte de poder viajar sabemos que no existen paraísos terrenales, y hasta es dable admitir que, para muchos, no es fácil vivir en un lugar distinto del cual se ha nacido. Quién sabe si son las costumbres, los afectos, los miedos o quizás una mezcla de todo aquello lo que nos mantiene con un lazo impoluto de este lado del universo…

Ahora bien, aún reconociendo que la vida perfecta no parece tener existencia en ningún país del planeta, es justo reconocer que hay lugares donde se logra un equilibrio exquisito. Por algún vértice que no funciona del todo bien, hay otros que no admiten crítica y de esa manera se sustenta aquello que comúnmente llamamos “calidad de vida”.

El problema se presenta cuando uno habita en la Argentina. No hay forma de equilibrar algo, porque todo falla al unísono por los cuatros costados. Salud, educación, justicia, seguridad, servicios, trabajo, gobierno…

En esta era de la tecnología que no da tregua, ¿cuántas veces hijos, sobrinos o nietos nos preguntan cómo hacíamos para vivir cuando no había PC, notebooks o Play Station?

Y sí, ciertamente, pese a esas carencias, vivíamos. Cómo vivimos también sin teléfono – ya sea por no tenerlo o por tenerlo descompuesto -, sin posibilidad de cambiar el canal desde la cama o de elegir quién estuviera al frente del gobierno, por poner apenas unos ejemplos.

La pregunta que surge ahora es si acaso, por esa melancolía malsana que caracteriza a la idiosincrasia argentina, hay una añoranza supina de aquellos años de supervivencia sin servicios, sin tecnología, y hasta sin derechos. De lo contrario no es fácil explicar cómo es que podemos estar tolerando lo intolerable como inhertes figuras de mármol a las que no las sorprende siquiera, ni el sol de la tarde.

‘Vivimos’ ya sin lo indispensable…

Recientemente, Elisa Carrió habló de “una resignación histórica, brutal de las clases medias, pobres y altas” de la sociedad. “Una resignación histórica a una Argentina de valores, civilizada, justa, desarrollada”.

Personalmente creo que hay algo más que eso. Se trata de un individualismo extremo donde sólo importa el propio ombligo, y donde Narciso perdería hasta la categoría de mito.

Si a ello se le suma la ignorancia, fruto de años de destrucción masiva y sistemática de la educación y la cultura, la fórmula deriva en esto que nos sucede aquí y ahora. Nada pasa cuando todo está pasando…

La población en general, no alcanza a percibir la gravedad de los acontecimientos. Una ley de Medios se limita para una amplia mayoría, a un proyecto que incumbe al gobierno, a los periodistas y a los dueños de canales, radios o revistas.

Ese 40 % de la sociedad sumido en condiciones de pobreza no puede movilizarse en pro de la libertad por cuánto ésta le fue vedada hace tiempo. Ya son esclavos, concientes o no de ello. Necesitan las fuerzas para sobrevivir de sol a sol, no para entender hasta qué punto una ley de ese tenor puede diezmar sus derechos.

En definitiva, el interrogante será: ¿Qué derechos? Cualquiera que hayan sido, les fueron compensados en el mejor (o en el peor) de los casos con planes sociales que terminaron oficiando como mordazas, mucho antes de abrirse el debate sobre los monopolios mediáticos.

Probablemente sería oportuno indagar qué han hecho las clases ilustradas para evitar que se censuraran tantas voces ya. Pero esto es apenas un esbozo de análisis, y aún no he logrado adentrarme en el tema de lleno.

Retomando aquel planteo de los ¿buenos? ‘viejos tiempos’, cabe indagar acerca de esas ganas que parece haber, de regresar a ellos. Volver a vivir sin servicios, sin tecnología, sin derechos…

La gran diferencia radica en que antaño, todo ello, se podía sobrellevar con entereza porque no existía. No teníamos noción alguna de lo que significaba vivir con teléfono, comunicados con el mundo, o habiendo elegido en las urnas al encargado de conducir la administración de la república.

Vendría a hacer algo así como pretender que hoy nos angustiemos por no tener solución a los problemas de estacionamiento porque dentro de X cantidad de años habrá espacios subterráneos magnánimos donde hacerlo sin obstáculo.

La preocupación (en lugar del proyecto) por este tipo de futurología es tan absurda como lo es también despreocuparse por un retroceso que salta a la vista.

Los argentinos nos hemos convertido en cangrejos, vamos hacia atrás, retrocedemos. El “darse cuenta” de las causas es siempre tardío, y sólo llega si somos víctimas directas de alguna afrenta.

El sentido de pertenencia a un todo ha quedado deshecho. Somos piezas aisladas de un juego que otros manipulan sin que tengamos posibilidades de evitarlo, y lo que es más grave aún, sin que querramos frenarlo.

Quizás no estemos preparados para vivir sin problemas. Nuestra propia existencia se torna en exceso nimia sino estamos rodeados de espinas y piedras. Sólo tendríamos que ocuparnos de lo que se es, sin vueltas… Y eso no es algo que pueda hacerlo cualquiera.

No encuentro, hoy en día, otra explicación para “justificar” que estemos presenciando sin titubeo, el secuestro de la vida. Porque, ¿qué es la libertad sino la esencia misma de aquella?

Hoy este es mi humilde razonamiento. Mañana quizás tenga otro, pero, en este trance, lo más factible es que carezca de la posibilidad para exponerlo.


© www.perspectivaspoliticas.info

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‘LA VERGÜENZA DE HABER SIDO Y EL DOLOR DE YA NO SER…’

Lunes, Octubre 5th, 2009

Por Gabriela Pousa

Quienes se atreven a indagar en la historia saben que no debe haber sido fácil fundir un país como la Argentina. Sin embargo, quizás lo más sorprendente es el modo cómo dicha “gesta” fue llevada a cabo: sin prisa pero sin pausa, máxime en los últimos años donde se ha logrado que la destrucción llegara a extremos impensados.

Hoy, la Argentina es apenas una curiosidad intelectual para el mundo civilizado. Entender que aquel “granero del mundo” esté practicamente desabastecido, sumando niveles de pobreza inauditos, y sumido en un clima social cuya tensión no es dable siquiera explicar con racionalidad, son para el mundo “curiosidades” que escapan al lógico devenir de cualquier país medianamente normal.

Posiblemente los medios nacionales no terminen de evidenciar este estado de cosas por la simple razón de que los hechos se suceden con una velocidad vertiginosa.

Cortes de calles, muertes, medicamentos adulterados, ministerios nuevos que no aportan políticas de Estado, políticos que se prueban el traje de candidatos, en fin… No hay archivo mental que pueda acumular tamaño caudal de desaciertos, ultrajes, estafas e impunidad. A tal punto ha llegado la degradación a estos pagos que el debate del día, radica en la posibilidad de que la Argentina termine pareciéndose a la Venezuela chavista.

Los regodeos puertas adentro se limitan a nimiedades que el mundo no contempla: si acaso estamos en el mentado G20 es tan sólo por olvidados méritos de antaño. Pero es cierto, tenemos a Diego Maradona que fue el mejor futbolista de todos los tiempos, aunque en la falaz creencia del “todo vale”, el goleador terminó al frente de una selección que muestra en gran medida cómo le va a la Argentina.

Por el contrario, Brasil tiene a Pelé. Un jugador de glorias pasadas que en lugar de hacer lo que no sabe, acompaña al Presidente a la elección de la próxima sede para las Olimpíadas 2016. ¿Nosotros? Nosotros no participamos del futuro ni del mundo. Competir es un verbo en desuso. Estamos apenas discutiendo el 2011 como una suerte de salvación, ni siquiera de redención. Ya da lo mismo quién gane la próxima elección, pues lo que cuenta no son las políticas de Estado que baraje, sino que sea mejor a lo que hay hoy. Y lo que hay hoy es atroz. No sólo porque carezca de noción acerca de cómo conducir la Nación, sino porque la sigue hundiendo en un pozo cuya salida ha de implicar, inexpugnablemente, meterse en lo más profundo del lodo.

Si acaso la Argentina estaba malherida, este huracán sureño que ataca desde hace seis años la lógica y la razón, destruyendo desde el campo hasta la mismísima institucionalidad, hará que la resultante sea tierra de nadie, una superficie arrasada donde volver a empezar se torne una tarea de Sísifo.

Mientras esto sucede sin que nadie atine a poner freno, hasta los vecinos avanzan en sentido contrario, dando pruebas de un progreso indiscutido. 

Brasil, sin ir más lejos, en los años 50 tenía la mitad del PBI que la Argentina. Hoy lo múltiplica por cuatro, se alzó en el primer puesto de los países exportadores de carne y granos, y ha trabajado en el último año para ser sede de una epopeya que el mundo entero reconoce por mérito.

Lula Da Silva no habla de corrido, ni inaugura a diario cualquier obra pública que queda yerta después de la foto para los diarios. Lula Da Silva no posee título universitario ni habla de la oligarquía o frecuenta las favelas para prometer naderías. Lula Da Silva posee el 80% de imagen positiva. Incluso, mayor fue su aval después de haber militarizado las calles de Río de Janeiro para que el carnaval no arrojara vícitimas, o mismo luego de enviar a las fuerzas de orden a los barrios más paupérrimos a fin de evitar que el narcotráfico siga creciendo.

Es decir, gobernar fue y es su única clave de éxito. No ha regalado derechos humanos a grupos aislados, ni ha perseguido adversarios. No discutió políticas de Estado que habían forjado un buen rumbo como fueran las implantadas en la economía por su antecesor Enrique Cardozo.

En rigor de verdad, lo que hizo Lula se reduce a un simple verbo: gobernar. Sin estridencias, sin grandes anuncios, sin pretender pedestales ni asemejarse a Suiza sin serlo. De algún modo, está visto que todo el logro del mandatario brasilero, vanagloriado recientemente por los más grandes líderes del mundo entero, radica en su sencillez, en su hacer en base a un proyecto de grandeza, y en la puesta en juego de un don que pareciera escasear en nuestro suelo: el sentido común para dilucidar que es lo correcto.

Y no estamos poniendo como ejemplo a un país sin sufrimiento, sin historia de miserias, pequeño o distante de esto que se da en llamar América Latina, convertido en una suerte de ancla atada al cuello. Brasil fue mucho menos que Argentina, tan sólo se ha diferenciado en el cómo se lo ha gobernado, y en la conducta intrínseca de su pueblo que en lugar de jerarquizar la malaria decidió ponerle freno.

En estos momentos en que el Congreso se dispone a sancionar, sin reformas significativas, una Ley de Medios a gusto de un ex mandatario que quiere tapar la realidad aunque la vivamos y suframos a diario, no sólo Brasil sino también Italia nos sirve de ejemplo.

Más de cien mil personas se movilizaron espontáneamente este sábado en Roma para bregar por la libertad de prensa. No eran empresarios de medios sino ciudadanos comunes los que dijeron presente en la Plaza del Pueblo. ¿Por qué acá no sucede? La respuesta llega en forma de un lacerante silencio.

Aún con el 80% de popularidad, los brasileros tampoco permitirían que Lula cooptara voluntades en un recinto para beneficiarse a sí mismo. Los argentinos somos distintos.

No podemos encausar el país hacia un destino de grandeza con esta dirigencia que tiene a la hipocresía dentro de sí misma. Porque el problema no es la Ley de Medios sino el manoseo institucional que encubre ese proyecto. El problema radica en la capacidad de compra y venta de voluntades, y en la aceptación del apriete como metodología política. El problema radica en las consecuencias de aceptar que, un pastor sin legitimidad, nos conduza como rebaño.

Buscar “providenciales” como el voto ‘no positivo’ de Julio Cobos o la disidencia de Guillermo Jenefes sólo sirve de parche.

Pero cuidado, porque pese a esta peculiar manera de aceptar lo inaceptable, la Argentina no ha inventado nada que el mundo no haya conocido y solucionado de antemano. La expriencia ajena podría ser, como mínimo, maestra. Si hay un país que sabe de piquetes y arbitrariedades es Inglaterra.

En los 80’, mineros ingleses se alzaron en huelgas de un tenor magnánimo. Fue tal la violencia que la rebelión arrojó destrozos y víctimas fatales. Veinte años después, los piqueteros que alteraron el orden social y provocaron muertes, directa o indirectamente, siguen cumpliendo condena perpetua porque las reglas no están hechas para casos aislados ni es dable esquivarlas amparándose en condiciones adversas.

Toda la conflictividad, que resurge acá, tiene su raíz en esa falta de normas, y en la entronización de la marginalidad como una suerte de matiz que cubre de inocencia desde un atropello cualquiera hasta el más vil acto de delincuencia.

El piquete se ha generalizado porque no hay ley ni autoridad capaces de frenarlos. Hoy es el caso Kraft el que aparece como emergente de esta anomia y de la falta de una política de empleo real.

Estados Unidos, ha visto crecer el desempleo en forma masiva ultimamente. Sin embargo, ello no derivó en ningún caos social ni en enfrentamientos de pueblo contra pueblo. La diferencia está en el rol del Estado que en lugar de subsidiar la destrucción de la cultura del trabajo a perpetuidad, subsidia la coyuntura de una crisis que tiene principio, desarrollo y final.

Pequeñas sutilezas que hacen las grandes diferencias…

En síntesis, la Argentina tiene ejemplos de sobra a la vista para dirigirse por senderos de grandeza, los tiene lejos y los tiene muy cerca. Perdió oportunidades a granel, está conducida por fracasados que aún así ganan batallas pírricas a cada paso.

Ahora bien, mientras sigamos enfrascados en metas como la del 2011, para un mero cambio de figuritas sin deternernos, día a día, a ampliar las perspectivas de nuestro campo de visión, el futuro nos encontrará como una geografía devastada que ha sumado, en en los últimos años, la enorme capacidad de daño que le infringe un matrimonio disfrazado de Estado y dedicado a la desfachatez, a la corrupción enquistada en el seno mismo de su poder, y al saqueo ilimitado.

Nota publicada en www.economiaparatodos.com.ar

lula

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