EL DENGUE, LA PANDEMIA Y ‘LA PRUEBA DEL ALGODON’ PARA LA DIRIGENCIA
Martes, Abril 28th, 2009Por Gabriela Pousa
“El mejor modo de conocer un país es averiguar cómo se trabaja en él, cómo se ama y cómo se muere. En nuestro país todo eso se hace igual, con el mismo aire ausente. Es decir, que se aburre uno y se dedica a adquirir hábitos. Los deseos de la gente joven son violentos y breves, mientras que los mayores trabajan para enriquecerse. Pero hay países donde la gente tiene la sospecha de que existe otra cosa. Aquí todo se hace sin darse cuenta, hasta morir es uns dificultad. Nunca es agradable estar enfermo pero hay países que nos sostienen en la enfermedad, uno puede confiarse. Pero aquí la importancia está en hacer negocios” extraído del libro “La Peste” de Albert Camus
No es novedad la desidia que ha caracterizado a la administración kirchnerista. Día a día, aumenta la brecha que hay entre la sociedad y el ‘comando presidencial’. Sin embargo, el desprecio hacia la gente no les resulta suficiente, y la conducta de la dirigencia comienza a mostrar aristas de gravedad extrema.
Una cosa es el trastocamiento estadístico, el derroche de subsidios, etc., y otra muy diferente los “errores” o estrategias que afectan, nada más y nada menos, que a la salud y a la vida de la ciudadanía.
Los Kirchner no ven, no escuchan, no saben, no hacen. No les importa hacer. Y en la omisión, paradójicamente, cometen actos que en otro país, con una población madura, derivarían en reacciones concretas, y sí admitirían hablar de crisis de gobernabilidad no como anatema sino como posibilidad.
Dejemos de lado, por un instante las internas, las listas, etc., para atender, por una vez siquiera, los problemas de gente.
La inseguridad se erige y seguirá erigiéndose como la preocupación prioritaria dada la inercia manifiesta, y las polémicas distractivas que no van al fondo del tema ni devienen en políticas concretas. Pasó el debate sobre las penas, los menores que matan son asesinos pero el “garantismo” se queda en el análisis de las causas sin atacar las consecuencias. Atender dos temas simultáneamente está visto que los supera.
Ahora bien, a esa delincuencia, se suma otro tipo de violencia que suele disfrazársela con eufemismos para evitar el ‘darse cuenta’. Basta con observar lo que acontece con el dengue y ahora con esta pandemia de gripe porcina.
Para esta última, el gobierno tiene el justificativo predilecto: ‘viene de afuera’. En dengue comenzó como algo “importado”, pero importado del Chaco. Y es que todo lo que suceda atravesando los liímites del conurbano parece no tener cabida en la Argentina. Al porteño, sobre todo, no le llega. El federalismo es utopía.
Los incordios en las provincias son asuntos ajenos, lejanos. Apenas si generan alguna expresión de espanto, tan efímera y furtiva como aquellas lágrimas derramadas al ver en Tartagal, Salta, a las familias embarradas. Embarradas, y por supuesto, ya olvidadas.
Ahora que el mosquito no atiende fronteras, la gripe vuela, no alcanzan los insumos y el repelente aumenta su costo en supermercados de Barrio Norte y Recoleta comienza una incipiente toma de conciencia.
A su vez, el despliegue mediático provocado por la pandemia ratifica que todo cuánto ocurre en el mundo es algo globalizado. O sea que la burbuja, estallando o no, nos afecta.
En rigor, estas epidemias han dejado al descubierto la ineficiencia de la dirigencia y la crisis sanitaria de la Argentina, donde la “viveza” criolla lleva al aumento del precio de barbijos y medicamentos.
Desde el Ministerio de Salud sólo se mencionaron tres establecimientos preparados para atender estos casos: el de González Catán, el Posadas y el de Ezeiza. Pese a que no han disminuido las retenciones, no se han construido ni siquiera salas de emergencia.
Estos imponderables ameritan, sin duda, un análisis que va más allá de ciertas explicaciones o medidas obsoletas que suele barajar como hipótesis una Ministro del área dedicada a la contaduría y no a la medicina.
Asimismo, con denunciar que son “enfermedades de la pobreza” no se justifica nada, aunque sirva a algunos pretendientes a las bancas o hasta al sillón de Rivadavia para hacer campaña.
Hay antecedentes que podrían haber generado una política de Estado preventiva como las tiene el mundo desarrollado, y no hablar de falta de insumos básicos por impericia y desidia. El planeta sufre igual, es verdad, pero tiene herramientas para paliar el mal.
Cómo expusimos bajo el título ‘Ocaso del Hospital Público’ en este sitio (recomendamos una lectura del mismo), ya en agosto de 2006, el Jefe del Departamento de Medicina del Clínicas advertía sobre el colpaso del sistema sanitario. Nunca tuvo respuesta.
Léase: tres años de ceguera, desinterés, de anunciar pero no hacer. En síntesis, de burlarse de la gente, de la vida ajena.
La Presidente pondera el rol del Estado, y sin embargo, éste brilla por su ausencia a la hora de atender las funciones que le son inherentes: no los mercados, sino la salud, la seguridad y la educación. Nada tan estrafalario por otro lado.
Ella misma no ha dicho una sóla palabra respecto a las epidemias mientras que sí lo han hecho todos los mandatarios de países afectados, llevando tranquilidad a su población. Es más, no han monologado sino dado conferencias de prensa, respondiendo todo tipo de preguntas con sapiencia.
Acá sólo hay alarmas y acciones tendientes a crear más caos. La pandemia acalló varios temas pero no olvidemos que, ayer no más, Kirchner habló de un regreso al 2001 si no le son favorables los comicios y sus resulados.
En ningún momento aclaró si ese regreso al ayer implica corralito, helicóptero, saqueos, acefalía o qué… Algo no implica, y eso es paz para la ciudadanía que se halla en un estado generalizado de incertidumbre. Nada está funcionando como debería estarlo.
Veamos:
Hoy, la educación es apenas un ‘slogan’ en boca de los dirigentes. Los paros y la injerencia de los gremios han desvirtuado el calendario escolar. A su vez, la eterna coyuntura argentina ha convertido a la escuela en una especie de guardería o, en el mejor de los casos, un habitat de contención social donde ir en busca de comida.
Las políticas públicas tendientes a modificar esta constante siguen sin verse. Ni siquiera dan resultado las ‘ofertas’ salariales que surgen apenas como treguas con tufillo a extorsiones prelectorales. Y es que el presupuesto para el área es un tema menor ante el desdén que han manifestado las sucesivas administraciones para con la educación.
Regresando a la violencia que imparten con sus declaraciones y hasta con sus silencios quienes ocupan el gobierno, es dable asumir que la misma se ampara en la impunidad que rodea a sus conductas o inconductas. No hay demanda pública.
¿Cómo es posible que se tolere sino, lo acontecido en la Legislatura chaqueña? Me refiero a una interpelación de 12 horas donde, la responsable de Salud se desligó de toda culpa, insultó, no hizo autocrítica alguna, y menos aún pidió disculpas.
Consciente o no, la Dra. Sandra Mendoza de Capitanich carga sobre sus espaldas muertos, familias destruídas, dolor incalculable frente a las pérdidas, y también ante quienes estan sufriendo los síntomas… Tras el indescriptible show, lo único que se sabe a ciencia cierta es que no pretende renunciar porque “la culpa del dengue la tiene el mosquito” y no ella.
Encima, para menguar la bronca social se le adjudican ahora los síntomas del mal. ¡Pobre víctima! Se cree que en breve la harían renunciar. Tarde como siempre.
Desde el gobierno central, silencio de radio. Mientras el marido hace mutis por el foro, a sabiendas que pese a la gravedad del tema, la sociedad chaqueña sumida en la miseria, está “acostumbrada” a soportar lo insoportable. Eso ha sido lo que se les ha venido enseñando desde tiempos inmemoriales. Y eso explica por qué nunca, la dirigencia se ocupó de la educación del soberano ni actuó en pro de superar las carencias y generar políticas de largo plazo.
Apenas un ‘asfalto electoral’ o un corte de cinta en una escuela pintada de afuera no más, para justificar su permanencia.
Ahora bien, la cuestión se complica cuando se interroga acerca de la génesis de tales comportamientos por parte de quienes deberían tomar cartas en el asunto y pregonar con el ejemplo, aunque esto último, puede ser considerarlo un exceso.
En ese sentido, es factible advertir que, esa desidia equiparable con la violencia explícita, deriva de las prioridades que tienen las autoridades, y de su afán de perdurar en el poder como medio para la acumulación de riqueza. Poco importa el dengue o la gripe porcina.
De allí que sigan gozando -en la mayoría de los casos y al menos ante sus “conciencias“-, de una especie de ‘legitimación exculpatoria’. En términos más vulgares: están amparados en el cargo como si nada hubiese pasado, y sin que deje huella lo omitodo o mal actuado. Así, se los sigue viendo ante cámaras sin manifestar vergüenza siquiera.
¿Quién demanda a Jorge Capitanich, a su señora o a quién llamó al senador Miguel Angel Pichetto para apañar el ocultamiento de los datos en un intento de tapar el sol con la mano? Ya nadie lo pregunta. Pasamos entonces, a convivir con el problema. Ellos están con las urnas en la cabeza, nada más les entra.
Los muertos ya fueron enterrados, los deudos sufren en silencio, y es posible que muchos no tengan siquiera energía eléctrica como para observar la desfachatez de sus “representantes”, ocupándose en TV, únicamente, de las listas testimoniales.
No hay castigo para tamaña afrenta, de allí que este tipo de ignominias vayan ganando terreno, generando hábito, y lo que es más grave todavía: un fatal acostumbramiento a la desidia y porfía de las autoridades políticas.
Nadie se ha molestado en explicarles que una cosa son los derechos fundamentales de todos, y otra los proyectos políticos de algunos. Lo esencial es tener presente que no hay espacio para una imposición tiránica de la agenda política, máxime cuando ésta no contempla el bienestar general sino que se limita a los intereses sectoriales o a ver quién se quedará con el trono cuando los Kirchner no puedan burlarse más de todos nosotros.
No se trata de que nadie se inmole si ha hecho lo correcto. Se trata, en realidad, de que cada cual someta sus conductas y responsabilidades a ‘la prueba del algodón’, como sostenía una publicidad española de un producto de limpieza que siempre cuenta Fernando Savater, en sus conferencias.
Si a la forma o metodología de gobierno se le pasa un algodón limpio, y éste resulta manchado, no se está por la buena senda.
Hoy por hoy, ese algodón no sólo no ostenta blancura, sino que además se mancha de sangre y muerte que es lo que está provocando el dengue y ha de provocar la gripe y el caos vaticinado por el mismísimo ex -o no ex - presidente.
El dengue puede leerse como enfermedad pero también como el botón de muestra de la falta de gestión, y del relegado plano que ocupa la ciudadanía para los artífices de la política.
Así como la crisis interna que acecha se justifica en la debacle financiera de la “burbuja” de la que se mofa la Presidenta, el dengue quedará tapado por la otra epidemia. Y así quedarán liberados los responsables de los males autóctonos que nos acechan.
La ‘pequeña’ diferencia ha sido observar que frente a la gravedad de la enfermedad porcina trasmitida a la gente, desde la Casa Blanca y desde otras tantas sedes de gobierno europeas y americanas, se habló a los ciudadanos para alertarlos y trasmitirles tranquilidad en lugar de ocultarles los datos…
Afuera, los hospitales ya están equipados y en plan de emergencia. Parece que aunque la “burbuja” estalle, lo que concierne en forma directa a la sociedad, sigue siendo prioridad.
Mientras, acá la atención está puesta en las listas virtuales, en las encuestas, y en los pactos que impiden -o pretenden impedir- que se vea quién es quién, y cuales son los ases que tienen en la manga para fagocitarse lo que vaya a quedar de la Argentina, no en el 2011 como correspondería, sino cuando se les ocurra irse a los Kirchner si consiguen lo que buscan: mostrarse como víctimas de un complot inexistente o negociar impunidad para su partida prevista o imprevista. Todo es posible.
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