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NACER DE NUEVO

Lunes, Abril 13th, 2009

Por Esteban Peicovich

Exclusivo para Perspectivas Políticas.Info

“La escena política es un baldío (…)  Que ahora se trata de rescatar al país o perderlo”  E.P

Uno de nuestros más pegajosos asuntos políticos es el de no saber querernos socialmente. El otro (en importancia) el no poder enterarnos qué y cómo somos. Hay quien no duda: es tener el río, la avenida y la catarata más anchos del mundo, una montaña medalla de plata, los caballos mas enanos, haber intentado nacionalizar a Dios, fichar a Hamlet y en la década del 90, dejar se sultanizara el poder. Solapados en Borges nos gusta repetir que somos “incorregibles” adjetivo endilgado por él a peronistas de su tiempo que llegaron a designarlo Inspector Municipal de Aves y Ferias Francas. La muerte lo salvó de constatar que esa incorregibilidad cundió. Y que se hizo crónica. Hoy, hasta los radicales se han vuelto peronistas.

Nuestro dilema pasa porque nos cae más placentero llorar que hablar de la Argentina. Cuesta entender éste (el nuestro) “país más distinto del mundo”, como lo califican perplejos los de afuera. Sociedad diversa (y errática) carece de fidelidad social. No entra en razón. Le cuesta crecer, cuajar. Disparata, sueña, falla. No consigue afinar consigo misma. Repite. Patina.  Se da de cabeza contra la pared de la historia. Envejece sin gozar juventud. Arrastra muertos inmensos. Décadas de gobiernos abandónicos. Fatales.  Sus 70 últimos años son de prontuario sucesivo (y sociedad en cautiverio). Salvo el proyecto amputado de Frondizi o la página ejemplar de Illia, no hay en tan escandaloso período producción alguna de historia real. Solo omisión de ella. No ilusión: elusión. Oficioso devenir de estragos tales (y tantos) que acabaron por disolver la república y dejarla en llagas como está.

Nuestro estrepitoso derrumbe moderno guarda directa relación con el tajo feroz infligido al país en los 70. Su variada cuchillería y el saqueo interior y exterior que propició, se ocuparon de descerebrar una generación y desnutrir a la siguiente. La democracia que alumbró (por cesárea) apenas si alcanzó para juzgar a una mínima parte de los responsables. Se debilitó sin producir transición real alguna. No supo. No pudo. No quiso. No puso. Los finales años del siglo XX lo fueron de pirotecnia, picaresca y corrupción. Traspié de Alfonsín, monarquía inconstitucional de Menem, falla tectónica de la Alianza,  semanalato de Rodríguez Saa, zarpazo de Duhalde y aguachento reinado de Kirchner. Inmersos en esta lánguida civilización desesperamos hoy. Con democracia frenada, economía en llamas y república dividida en inclusión y exclusión. La escena política es un baldío. Feudales dinosaurios campean soberbios amparados por sus fueros. Latosos “padres de la patria” (sic) y funcionarios binorma sostienen la necesidad de recuperar el Estado que ellos mismos ayudaron  (y ayudan) a vaciar. La ilimitada impunidad (esa jodida inercia argentina) les permite ocupar el escenario de las leyes y activar solapadamente sus verbos fatales: obstruir, destruir. Estos personajes son los que se ocupan de retrasar la floración, suspender la actualidad e imponer emergencia como ideología.

Pero esta forma de poder comienza a fallar. En el mundo y aquí. Con solo retórica no alcanza. El refranero aplasta al discurso. Cambia la época: vivimos en la rapidez, no en el tiempo. Las patas de la mentira vienen más cortas. Y la sociedad despierta. Tras años de bruma y abulia ganó la calle y aprendió a ejercitar su verdad. Su presión sobre todos los poderes no deja de aumentar. Pide acabe la corrupción, se asegure la convivencia, se dignifique la vida. Exige que el sacrificio tenga sentido. Al menos alguna austera dosis de sentido. Del mínimo disponible. Del común. Esta democracia invisible ha empezado a fijar los tiempos. Ahora el calendario es suyo. Tanto que la encuesta casi sucesiva se ha convertido en instrumento para medir el humor social. Como nunca antes, memoria y verdad se funden en el ideario de esta novísima sociedad en movimiento. Ya no son tantas las “patrias” que allá por los 80 impedían la Patria. Ya no es tan fácil “hacerla y esconderla”. Hay más luz. Aún enclenques, los años democráticos cunden, dejan huella. Los ciudadanos 2009 buscan serlo en plenitud. Y pronto. Pasaron del agotamiento a la reflexión. Del hartazgo a la conciencia. Hasta se cuestionan (por primera vez con criterio moderno)  por su propia responsabilidad en el último drama general. Descubren que lo social les pertenece de modo activo, no indirecto. Que el desarrollo de una comunidad depende de cómo actúen sus individuos ante la puja inevitable entre el poder y la verdad. Que deben recuperar plaza y cosa pública.  Que ahora se trata de rescatar el país o perderlo.  Y nacer de nuevo.

© www.perspectivaspoliticas.info

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